Ir al inicio para leer sobre otros temas
#8 Fútbol femenino en la sociedad actual: Una mirada psicológica,
filosófica y sociológica. TIF Licenciatura en Psicología
Lic. Lucas Mathías Rithner. Escuela Superior de Ciencias del Comportamiento y Humanidades
TIF Carrera: Licenciatura en Psicología. Universidad de Morón.

Escrito por Lucas Mathías Rithner. Abril del 2026.
Resumen
En la presente monografía se abordarán los componentes sociológicos y psicosociales que atraviesan el fútbol femenino y su incidencia en los procesos de construcción de subjetividades en futbolistas profesionales. Se buscará explorar los modos en que determinados factores socioculturales intervienen en las trayectorias individuales y colectivas de las deportistas, atendiendo a las condiciones que configuran sus experiencias en el ámbito deportivo.
Para ello, se integrarán aportes provenientes de la sociología, la filosofía, el psicoanálisis, la psicología social y la psicología sistémica. Desde estos campos, se retomarán perspectivas filosóficas contemporáneas vinculadas a la sociedad del rendimiento, así como enfoques propios de la sociología crítica occidental, a fin de abordar los modos actuales de socialización en las instituciones deportivas. A su vez, desde la filosofía postestructuralista, se trabajará el concepto de dispositivos de poder como mecanismos que instauran formas específicas de ser y de actuar.
Desde la psicología social, se retomarán los conceptos de imaginario social y representación social, los cuales se integrarán con aportes del psicoanálisis para indagar cómo estos factores inciden en la conformación subjetiva de las futbolistas profesionales. Finalmente, desde la psicología sistémica, se analizarán los sistemas y subsistemas relacionales en los que se hallan involucradas, atendiendo a la interrelación dinámica entre el individuo y el sistema.
Palabras clave: Fútbol femenino; Subjetividad; Sociología; Psicología social; Psicoanálisis; Psicología sistémica
Conclusiones
El recorrido realizado permite comprender que el reconocimiento de las mujeres en el deporte, y particularmente en el fútbol, continúa siendo tardío, fragmentario y condicionado por estructuras que reproducen desigualdades históricas. Casos como el de la “Locomotora” Oliveras ilustran este fenómeno: su trayectoria y sus títulos mundiales deportivos fueron visibilizados en mayor medida recién después de su muerte, cuando ya no podía beneficiarse del reconocimiento social ni simbólico que merecía. El ejemplo se vuelve paradigmático de una lógica persistente en la cultura deportiva, donde lo femenino obtiene legitimidad una vez que ha trascendido su propio tiempo vital. En ese sentido, el reconocimiento hacia las mujeres deportistas pareciera necesitar siempre una mediación posterior, un acontecimiento que irrumpa notoriamente para que la sociedad
advierta méritos que existían desde antes, pero que no habían sido considerados dignos de atención.
Este trabajo busca justamente poner en palabras, y por tanto hacer visible, aquello que suele permanecer naturalizado o invisibilizado. No parte de una pregunta de investigación cerrada, sino de un “para qué” profundamente situado: dar cuenta de las condiciones actuales del fútbol femenino profesional en la Argentina, de las trayectorias inestables de las jugadoras y de los
múltiples niveles de precariedad que atraviesan sus vidas profesionales en el deporte. En este sentido, lo que popularmente poco se sabe o se intuye, como que las futbolistas deben sostener dos trabajos, que muchas abandonan la actividad o que viven con una incertidumbre constante, se transforma aquí en un saber analizado, comprendido y articulado desde la psicología social, la psicología sistémica, el psicoanálisis, la sociología crítica y la filosofía contemporánea. La inestabilidad económica, institucional y emocional no solo impacta en la continuidad de sus carreras, sino también en la posibilidad de proyectar una vida personal, de construir futuro y de sostener un sentido de pertenencia en torno a la práctica deportiva.
Ejemplos recientes refuerzan esta problemática. El caso del descenso voluntario de UAI Urquiza, por ejemplo, implicó que el club dejara de tener la obligación de pagar contratos profesionales, lo que derivó en la partida inmediata de futbolistas y en la pérdida de espacios de vivienda, como las pensiones, forzando a muchas jugadoras o a regresar a sus provincias o a buscar desesperadamente otro club pocas semanas antes del inicio de una nueva temporada. De modo similar, cuando Estudiantes de Buenos Aires descendió decidió eliminar la disciplina de fútbol femenino profesional, manteniendo únicamente el área formativa. En ambos casos, se evidencia cómo las 31 decisiones institucionales afectan de manera directa la estabilidad laboral, habitacional y emocional de las jugadoras, dejando al descubierto la fragilidad estructural del fútbol femenino en el país.
Estas situaciones se inscriben en un entramado de desigualdades mucho más amplio. Cuando hablamos de fútbol, hablamos de un mismo deporte; sin embargo, cuando nos referimos al fútbol masculino y al femenino, pareciera, e incluso hablamos, de dos realidades completamente distintas. Las condiciones materiales, los recursos disponibles, la cobertura mediática y las
expectativas sociales difieren profundamente. Aun así, la mirada patriarcal dominante insiste en que el fútbol femenino debe parecerse al masculino, como si solo pudiera adquirir valor a través de la imitación. Esta perspectiva puede resultar un error, ya que el femenino puede desarrollar sus propias potencialidades, consolidando un estilo, una identidad y una estética propias que lo vuelvan atractivo por sí mismo, no por su semejanza con el modelo hegemónico que busca
establecer el poder.
Desde el campo de la psicología, esta diferenciación cobra especial relevancia. Las experiencias subjetivas de las jugadoras están atravesadas por condiciones sociales, laborales y simbólicas específicas, que exigen pensar las intervenciones de manera particular. No se trata solo de acompañar procesos individuales, sino de reconocer que las desigualdades estructurales configuran modos de sentir, de vincularse y de construir identidad. Por eso, los profesionales y futuros
profesionales del área debemos atender a las diferencias entre contextos, comprender que las dinámicas del fútbol femenino y masculino implican subjetividades y problemáticas diversas, y diseñar abordajes acordes a esas particularidades.
A estas desigualdades materiales y simbólicas se suma la violencia cultural y mediática que sostiene la invisibilización del fútbol femenino. Mientras que la falta de pago en un plantel masculino profesional se convierte rápidamente en noticia nacional, las mismas situaciones que viven las futbolistas, quienes además suelen depender rotundamente de esos ingresos para subsistir, no reciben cobertura alguna. Los medios de comunicación, al elegir qué mostrar y qué silenciar, reproducen y legitiman formas de violencia simbólica que, aunque no sean físicas, producen efectos concretos en la vida de las mujeres. La violencia simbólica es más difícil de percibir porque no mata ni hiere de manera visible, pero opera a través de los discursos, de los calificativos utilizados, de las formas en que se nombra o se omite a las mujeres deportistas. Allí 32 se reinstalan los estereotipos sobre lo que “debe ser” una mujer, cómo debe comportarse, qué roles puede ocupar o cómo debe usar su cuerpo.
Esta invisibilización no es absoluta, sino intermitente. En momentos puntuales, como la televisación de la Copa Libertadores Femenina 2025, las jugadoras logran cierta exposición, pero esa visibilidad desaparece una vez que concluye el evento. El torneo local, en cambio, no cuenta con transmisión regular. En este contexto de luchas simbólicas constantes, las futbolistas sienten la necesidad de aprovechar esos breves momentos en los que son vistas, conscientes de que su esfuerzo y su talento deben redoblarse para ser reconocidas. La visibilización se convierte, paradójicamente, en una carga más: una presión adicional para mostrarse, para rendir, para justificar un lugar que, en rigor, ya debería estar garantizado por derecho.
Los medios de comunicación son formadores de opinión y constructores de realidad social. Por eso, cuando reproducen estigmas o silencian desigualdades, no solo reflejan la violencia simbólica existente, sino que la perpetúan. Las narrativas mediáticas configuran imaginarios colectivos y moldean percepciones sociales acerca de qué deportes son “femeninos”, qué lugar les corresponde a las mujeres en el espacio público y cuáles son los límites de su participación profesional. De este
modo, la violencia simbólica y la invisibilización mediática se articulan como mecanismos complementarios que sostienen la desigualdad estructural del fútbol femenino.
En síntesis, los distintos casos y situaciones analizadas evidencian que la desigualdad en el fútbol femenino no se limita a lo económico o institucional, sino que atraviesa dimensiones subjetivas, culturales y simbólicas. Se manifiesta en la falta de reconocimiento, en la precariedad laboral, en los estereotipos mediáticos y en la exigencia permanente de legitimación. Sin embargo, también es en estos espacios de lucha donde se gesta la posibilidad de transformación. El desafío, entonces,
es continuar visibilizando estas problemáticas y construir estrategias desde lo académico, lo institucional y lo social, que permitan consolidar un deporte verdaderamente equitativo, en el que las mujeres no deban parecerse a los hombres para ser valoradas, sino que puedan desplegar su propio juego, su propio lenguaje y su propio modo de habitar el fútbol.
Las desigualdades que atraviesan el fútbol femenino no son únicamente el resultado de la falta de recursos o de voluntad institucional, sino que deben comprenderse como efectos de dispositivos de poder que históricamente han ordenado los cuerpos, los discursos y las prácticas en función del género. En términos foucaultianos, el poder no se ejerce solo desde las instituciones visibles, sino que circula de manera capilar a través de los saberes, las normas y los imaginarios que definen qué 33 es legítimo, qué es valioso y qué merece ser reconocido. En el campo deportivo, este poder se materializa en la manera en que se organiza la práctica, en quiénes acceden a los espacios de decisión, en cómo se nombran los logros y en qué cuerpos son presentados como referentes. Así, las mujeres no solo han sido históricamente excluidas del fútbol, sino que incluso al ingresar deben hacerlo dentro de marcos discursivos que las condicionan y las regulan.
El fútbol, en tanto institución social, opera como un espacio privilegiado para observar los mecanismos mediante los cuales se producen y reproducen las diferencias de género. La desigualdad no se mantiene solo por prohibiciones explícitas, sino por una red de discursos, prácticas y representaciones que, al repetirse, naturalizan jerarquías. De este modo, el fútbol masculino se consolida como la norma y el femenino como su variación; uno aparece como el modelo universal y el otro como su excepción o su versión incompleta. Esta jerarquización es un claro ejemplo de lo que Foucault denomina una tecnología del poder: un conjunto de estrategias que no reprimen directamente, sino que orientan, clasifican y delimitan las posibilidades de acción de los sujetos. En el caso de las futbolistas, estos dispositivos se traducen en regulaciones económicas, discursivas y simbólicas que definen cuánto pueden ganar, cuánto pueden ser vistas, cuánto pueden decir o cómo deben comportarse para ser aceptadas.
Estas formas de poder, al estar internalizadas, también inciden en la producción de subjetividad. Las futbolistas se ven interpeladas por mandatos contradictorios: deben ser profesionales, pero sin reclamar en exceso; deben mostrar compromiso y pasión, pero sin parecer “masculinizadas”; deben luchar por visibilidad, pero sin incomodar las estructuras establecidas. En ese punto, la desigualdad se vuelve una experiencia cotidiana que atraviesa el cuerpo y la identidad. El poder no solo se impone desde afuera, sino que se inscribe en los modos en que las propias jugadoras se perciben, se nombran y se piensan dentro del campo deportivo. La psicología, al abordar estas subjetividades, no puede desconocer el marco social y simbólico en el que se producen, ya que es allí donde se juega buena parte de su malestar y su resistencia.
Al mismo tiempo, resulta necesario reconocer que allí donde hay poder también hay posibilidad de transformación. El ingreso de las mujeres al fútbol profesional argentino, pese a su precariedad, constituye un acontecimiento político en sí mismo: una grieta en el dispositivo de género que durante décadas mantuvo al deporte como un territorio masculino. Cada entrenamiento, cada partido, cada reclamo público por igualdad de condiciones es un acto de resistencia frente a una estructura que busca mantener el orden jerárquico tradicional. En este sentido, la lucha de las 34 futbolistas no se limita al reclamo de mejores contratos o mayor difusión, sino que pone en cuestión las bases culturales de un sistema que define quién puede ocupar el espacio público, quién tiene derecho al goce del cuerpo y quién puede ser protagonista de la escena deportiva.
Los procesos de profesionalización del fútbol femenino, aunque aún incipientes y desiguales, abren un horizonte de cambio que trasciende lo deportivo. Visibilizan debates sobre el trabajo, la justicia social, la redistribución de recursos y la democratización de los espacios simbólicos.
Cuando una mujer pisa una cancha profesional, desafía una serie de mandatos que exceden su propia trayectoria: desestabiliza la asociación histórica entre masculinidad y poder, entre fuerza y legitimidad, entre cuerpo femenino y fragilidad.
En este sentido, el fútbol femenino se convierte en un campo de disputa cultural donde se reconfiguran las nociones de éxito, sacrificio y pertenencia. Las desigualdades analizadas en este trabajo no deben ser entendidas solo como carencias o injusticias, sino como síntomas de un sistema que aún resiste la redistribución del poder.
Las investigaciones revisadas permiten observar que el interés académico en torno al fútbol femenino ha crecido en los últimos diez años, focalizándose mayormente en el análisis de desigualdades estructurales, políticas institucionales, estereotipos, prejuicios y perspectivas de género. Sin embargo, se identifica que el estudio de los procesos de construcción subjetiva en futbolistas profesionales continúa siendo un campo poco abordado, especialmente en producciones que articulen enfoques psicosociales, sistémicos, sociológicos y filosóficos. En particular, se advierte una baja producción que indague cómo las trayectorias singulares de las deportistas son configuradas por dispositivos de poder, instituciones, imaginarios sociales y dinámicas vinculares en el marco de su práctica profesional. En este sentido, el presente trabajo se propuso aportar una
mirada interdisciplinaria y situada, que permita visibilizar estas dimensiones aún poco exploradas
a través de un enfoque integrador.
Desde esta perspectiva, el análisis realizado permite advertir que las condiciones materiales y simbólicas del fútbol femenino no solo expresan desigualdades de género, sino también transformaciones sociales más amplias vinculadas a la configuración contemporánea de los lazos y las subjetividades. En este punto, la lectura de Bauman resulta especialmente fecunda para comprender cómo la precariedad relacional, característica de la modernidad líquida, atraviesa también el campo deportivo. Las trayectorias de las futbolistas profesionales se ven afectadas por la fragmentación de los vínculos, la inestabilidad institucional y la fugacidad de las pertenencias, 35 rasgos que expresan la misma liquidez que el autor describe en la vida social actual.
Contratos breves, movilidad forzada entre clubes y visibilidad intermitente conforman un escenario donde los lazos se tornan frágiles y la continuidad, incierta. Una articulación teórica relevante surge en el cruce entre la psicopolítica contemporánea, conceptualizada por Han (2014), y el discurso meritocrático que impregna al deporte profesional. Han advierte que la psicopolítica convierte la libertad en mandato de rendimiento, instaurando un modelo de subjetivación en el que cada individuo se siente responsable de su propio éxito o fracaso. Esta lógica se manifiesta con particular intensidad en el fútbol femenino argentino. Bajo la premisa de que “quien juega bien llegará lejos”, se reproduce la idea de que el mérito individual basta para superar las barreras estructurales, ocultando las desigualdades materiales y simbólicas que condicionan el desarrollo de las jugadoras: salarios bajos, contratos precarios, escasa infraestructura y cobertura mediática irregular.
En este contexto, las futbolistas interiorizan la exigencia de rendimiento constante. Se ven impulsadas a entrenar más horas, aceptar condiciones laborales desventajosas y multiplicar esfuerzos para sostener su lugar, incluso asumiendo trabajos paralelos que garanticen su subsistencia. La autoexplotación se disfraza de libertad: cada jugadora se percibe responsable de “hacerse un lugar” en un sistema que, en realidad, limita sus posibilidades de manera estructural.
El discurso meritocrático se convierte así en un dispositivo de poder que perpetúa la desigualdad, al trasladar la responsabilidad colectiva de la transformación social hacia el plano individual del esfuerzo personal. Lo que parece una elección libre, como rendir más, adaptarse, resistir, es en verdad la única opción viable dentro de un campo que sigue marcadamente desigual.La consecuencia de esta lógica es doble: por un lado, erosiona la construcción de vínculos colectivos de lucha y solidaridad; por otro, legitima la persistencia de un orden donde el reconocimiento depende del sacrificio personal más que del derecho. De este modo, las futbolistas no solo deben demostrar su talento, sino también sostener permanentemente su legitimidad frente a una estructura que continúa percibiéndolas como invitadas en un espacio que les pertenece por derecho propio. En esta tensión se expresa, una vez más, la contradicción entre visibilidad e invisibilización, entre inclusión formal y exclusión simbólica.
En definitiva, el análisis del fútbol femenino argentino permite comprender que las desigualdades de género no se agotan en las diferencias salariales o en la falta de difusión, sino que constituyen expresiones de un entramado de poder que regula quiénes pueden ser vistos, escuchados y 36 legitimados. Frente a ello, las luchas de las futbolistas no solo reclaman derechos laborales, sino también el derecho a existir en el espacio público de otro modo: a ser reconocidas en su diferencia, sin la exigencia de parecerse al modelo masculino para obtener valor. El desafío teórico y social radica en continuar desarmando las tecnologías que sostienen la desigualdad, visibilizando sus efectos y promoviendo la creación de espacios equitativos. El desafío que se abre es doble: seguir visibilizando las formas de violencia simbólica que aún persisten y construir, desde lo institucional y lo subjetivo, un campo deportivo más justo, plural y equitativo. Allí radica el potencial transformador del fútbol femenino: en su capacidad de interpelar el orden establecido, generar nuevas narrativas y convertirse en un territorio de emancipación y cambio social.
El horizonte de cambio que se vislumbra no es inmediato ni lineal, pero sí profundamente transformador. A medida que más mujeres ocupan lugares de decisión, se crean ligas formativas, se amplía la cobertura mediática y se fortalecen las redes de apoyo, el fútbol femenino comienza a consolidarse como un territorio de derecho y no de excepción. La profesionalización, entonces, no debería ser leída como el fin de la lucha, sino como el comienzo de una nueva etapa: aquella en la que se busca garantizar condiciones de igualdad sostenidas y un reconocimiento genuino del valor cultural y social del deporte practicado por mujeres. Porque, en definitiva, lo que se juega en cada pelota no es sólo un resultado, sino un modo de habitar el mundo. El fútbol femenino encarna una forma de resistencia y de amor, una búsqueda por transformar el dolor histórico en deseo de futuro. Amar la pelota, en este sentido, es también amar la posibilidad de un juego más justo, donde todas puedan entrar a la cancha sin tener que demostrar que merecen estar ahí. Ese amor a la pelota es, en última instancia, el gesto más político de todos.
Volve al inicio y lee sobre otros temas
¿Tenes ganas de publicar tu artículo en nuestra página? Clic acá